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miércoles, 6 de abril de 2011

Nucleares: No, gracias I





EL SECRETO  MEJOR GUARDADO DE LA ENERGÍA NUCLEAR EN JAPÓN




El secreto mejor guardado de la energía nuclear en Japón [Image] Siempre hay un puesto de trabajo en la planta número 1 de la central nuclear de Fukushima para quienes ya no tienen nada que perder. Matsushita se encontraba durmiendo entre los cuatro cartones que se han convertido en su hogar, en un parque de Tokio, cuando dos hombres se acercaron para ofrecérselo. No se requería ninguna habilidad especial, le pagarían el doble que en su último empleo como peón de obra y estaría de vuelta en 48 horas. Dos días después, este antiguo ejecutivo arruinado y otros 10 mendigos fueron trasladados a la central, situada a 200 kilómetros al norte de la capital, y registrados como limpiadores. “¿Limpiadores de qué?”, preguntó alguien mientras el capataz les repartía trajes especiales y les conducía a una inmensa habitación metálica con forma cilíndrica. La temperatura en el interior, que variaba entre los 30 y los 50 grados, y la humedad obligaban a los trabajadores a salir para respirar aire cada tres minutos. Los medidores de radiactividad habían sobrepasado tanto los límites máximos que pensaron que se debían haber estropeado. Uno a uno, los hombres se quitaron las máscaras que les protegían el rostro.”El cristal de las gafas se empañaba y no podíamos ver. Si no terminábamos el trabajo a tiempo no nos iban a pagar nada», recuerda Matsushita, de 53 años. “Un compañero se acercó y me dijo: estamos en un reactor nuclear”. Tres años después de aquella visita a la central de Fukushima, un cartel amarillento escrito en caracteres japoneses alerta a los vagabundos del parque de Shinjuku de Tokio que no vayan a las centrales nucleares. “No aceptes el trabajo, te matará”, se puede leer. El aviso llega tarde para muchos de ellos. El reclutamiento de mendigos, pequeños delincuentes, inmigrantes y pobres para realizar los trabajos más arriesgados en las plantas atómicas japonesas ha sido una práctica rutinaria durante más de tres décadas. Y lo sigue siendo hoy. Entre 700 y 1.000 sin techo han muerto y miles más han enfermado de cáncer en todo este tiempo, según las investigaciones del profesor de Física Yukoo Fujita, de la prestigiosa universidad japonesa de Keio. Secreto total Los esclavos nucleares constituyen uno de los secretos mejor guardados de Japón. Muy poca gente conoce una práctica en la que están implicadas algunas de las mayores empresas del país y la temida mafia de los yakuza, que se encarga de buscar, seleccionar y contratar a los vagabundos para las compañías eléctricas. “Las mafias hacen de intermediarias. Las empresas pagan 30.000 yenes (215 euros) por un día de trabajo, pero el contratado sólo recibe 20.000 (142 euros). Los yakuza se quedan la diferencia”, explica Kenji Higuchi, periodista japonés que lleva 30 años investigando y documentando con fotografías el drama de los mendigos de Japón. Higuchi y el profesor Fujita recorren cada semana los lugares frecuentados por los vagabundos para prevenirles de los riesgos que corren y apremiarles para que lleven sus casos ante la Justicia. Higuchi con su cámara y Fujita con el estudio de los efectos de la radiactividad han desafiado al Gobierno japonés, a las multinacionales energéticas y a las redes de reclutamiento en un intento de frenar un abuso que empezó en silencio en los años 70 y que se ha extendido hasta hacer a las centrales nucleares completamente dependientes de la contratación de indigentes para llevar a cabo sus operaciones.”Japón es el lugar de la modernidad y el sol naciente, pero el mundo debe saber que también es un infierno para esta gente”, dice Higuchi. Japón protagonizó una de las transformaciones más espectaculares del siglo XX al pasar de ser un país en ruinas tras la II Guerra Mundial a ser la sociedad tecnológicamente más avanzada del mundo. El cambio ha traído una demanda de electricidad que ha convertido a la nación japonesa en una de las más dependientes de la energía nuclear del mundo. Más de 70.000 personas trabajan constantemente en las 17 centrales y 52 reactores repartidos por todo el país. Aunque las nucleares tienen a sus propios empleados para los puestos más técnicos, más del 80% de las plantillas están formadas por trabajadores sin preparación, contratados de forma temporal entre las capas más desfavorecidas de la sociedad. Los mendigos son reservados para los cometidos más arriesgados, desde la limpieza de reactores a la descontaminación cuando se producen fugas, o los trabajos de reparación allí donde un ingeniero nunca se atrevería a acercarse. Nubuyuki Shimahashi fue utilizado para algunas de esas tareas durante cerca de ocho años antes de morir, en 1994. El joven procedía de una familia pobre de Osaka, había terminado el instituto y se encontraba en la calle cuando le ofrecieron un puesto en la central nuclear de Hamaoka Shizuoka, la segunda mayor del país. “Durante años estuve cegada, no sabía dónde estaba trabajando mi hijo. Ahora sé que su muerte fue un asesinato”, se lamenta Michico, su madre. Los Shimahashi han sido la primera familia en ganar en los tribunales un largo proceso que hace responsable a la central del cáncer de sangre y de huesos que consumió a Nubuyuki, le postró en la cama durante dos años y terminó con su vida entre dolores insoportables. Murió con 29 años. El descubrimiento de los primeros abusos en la industria nuclear no ha paralizado el reclutamiento de pobres. Cada poco tiempo, hombres que nadie sabe a quién representan recorren los parques de Tokio, Yokohama y otras ciudades con ofertas de empleo en las que se engaña a los vagabundos, ocultándoles los riesgos que corren. Las centrales necesitan al menos 5.000 trabajadores temporales cada año y el profesor Fujita cree que al menos la mitad de ellos son mendigos. Hubo una vez, no hace tanto tiempo, que los indigentes eran una rareza en las calles japonesas. Hoy es difícil no encontrárselos. Así que las centrales nucleares cuentan con mano de obra de sobra. Japón lleva 12 años sumido en un declive económico que ha enviado a miles de asalariados a la calle y ha puesto en entredicho su modelo de milagro económico, el mismo que ha situado al país entre los tres más ricos del mundo en renta per cápita. Muchos parados no soportan la humillación de no poder mantener a sus familias y forman parte de ese ejército de 30.000 personas que cada año se quitan la vida. Otros se convierten en vagabundos, deambulando por los parques y perdiendo el contacto con un círculo social que les rechaza. Los gitanos nucleares Los mendigos que aceptan trabajar en las centrales nucleares se convierten en lo que se conoce como Genpatsu Gypsies (gitanos nucleares). El nombre hace referencia a la vida nómada que les lleva de central en central en busca de trabajos hasta que caen enfermos y, en los casos más graves, mueren en el abandono. “La contratación de pobres sólo es posible con la connivencia del Gobierno”, se queja Kenji Higuchi, ganador de varios premios de Derechos Humanos. Las autoridades japonesas han fijado en 50 mSv (milisievert) la cantidad de radiactividad que una persona puede recibir en un año, muy por encima de los 100 mSv en cinco años que manejan la mayoría de los países. En teoría, las empresas que gestionan las centrales nucleares contratan a los vagabundos hasta que han recibido la radiación máxima y después los despiden por el “bien de su salud”, enviándolos de nuevo a la calle. La realidad es que esos mismos peones vuelven a ser contratados días o meses después bajo nombres falsos. Sólo así se explica que muchos empleados hayan sido expuestos durante casi una década a dosis de radiactividad cientos de veces mayores de las permitidas. Nagao Mitsuaki todavía guarda la fotografía que le hicieron en una jornada más en su puesto de trabajo. En ella se le puede ver vestido con uno de los trajes de protección que no siempre llevaba, minutos antes de iniciar una de las operaciones de descontaminación de la planta de Tahastuse, en la que trabajó durante cinco años antes de caer enfermo. Ahora, con 78 años y tras haber pasado los últimos cinco tratando de superar un cáncer de huesos (la enfermedad más común entre los Genpatsu Gypsies) Nagao ha decidido demandar a las empresas que gestionaban la central y al Gobierno japonés. Lo curioso es que él no era uno de los vagabundos contratados, sino el hombre que los mandaba como capataz. “Venían pensando que detrás de un trabajo en el que hay grandes empresas no podía suceder nada malo. Pero estas compañías utilizan su prestigio para engañar a la gente, reclutarla para trabajos muy peligrosos en los que las personas son envenenadas”, se queja amargamente Nagao, que tiene paralizada la mitad de su cuerpo tras haber sido expuesto a dosis de radiación superiores a las permitidas. Durante más de 30 años Kenji Higuchi ha entrevistado a decenas de víctimas de las centrales nucleares, documentando sus enfermedades y viendo cómo muchas de ellas agonizaban, postradas en sus camas, antes de morir. Quizá por ello, por haber visto el sufrimiento de los desfavorecidos de cerca, el fotógrafo metido a investigador no tiene problemas en citar las multinacionales que contratan a los mendigos de forma indirecta. Sentado en el despacho de su casa de Tokio, coge un papel en blanco y empieza a apuntar: “Panasonic, Hitachi, Toshiba 

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