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viernes, 29 de julio de 2011

USA::Cerrad Guantánamo


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Guantánamo: si Hipócrates levantara la cabeza










por  el 12/07/2011 · en PISTAS
Equo

“Usted necesita relajarse cuando los guardias se muestren agresivos”. Con consejos de este tipo y una receta de antidepresivos tratan los médicos de Guantánamo a los presos que presentan síntomas de alteraciones psíquicas relacionadas con prácticas de tortura, oficialmente denominadas ‘técnicas reforzadas de interrogación’. Síntomas como pesadillas, ideas suicidas, depresión, alucinaciones, ansiedad, claustrofobia, estados disociativos o pérdida de memoria y de capacidad de concentración, son atribuidos a “trastornos de personalidad” sin más indagación de causas, a pesar de la ausencia de historia personal o familiar de alteraciones psíquicas previas a la detención.
Una investigación publicada el pasado mes de abril en ‘PLoS Medicine’ documenta y analiza por primera vez, a partir de documentos desclasificados y evaluaciones forenses, las actuaciones del personal sanitario asignado por el Departamento de Defensa a la prisión de Guantánamo. Sus autores son Stephen Xenakis, psiquiatra y general retirado del ejército de EEUU, y Vincent Iacopino, asesor médico de ‘Physicians for Human Rights’, una organización que promueve el uso de la ciencia y la medicina para frenar la violación de los derechos humanos. La conclusión a la que llegan estos investigadores, tras revisar a fondo los nueve casos que han podido ser analizados, es contundente: los profesionales sanitarios “descuidaron u ocultaron evidencias médicas de daños provocados intencionadamente” con lo que queda en entredicho su integridad ética y podrían llegar a considerase cómplices de la práctica de torturas.
Entre dichas prácticas citan el “submarino” (ahogamiento simulado), la desnudez forzosa, la privación del sueño, la exposición a temperaturas extremas, el mantenimiento de posiciones de estrés, el aislamiento prolongado, y las amenazas continuadas, todas ellas consideradas oficialmente como técnicas de interrogación “seguras, éticas, legales y efectivas”, tal como las calificó el propio George W. Bush. La participación médica era requerida justamente para controlar hasta qué punto dichas técnicas podían seguir aplicándose sin superar el umbral de dolor físico que pudiera llevar calificarlas de tortura.
Sin embargo, los casos documentados van aún más allá de las técnicas autorizadas: palizas severas (a veces con pérdida de conciencia o con resultado de fracturas), agresiones sexuales o amenazas de violación, simulacros de ejecución o de secuestro, ‘waterboarding’ (verter agua con una manguera en la boca del detenido hasta casi el ahogamiento), inmersión forzada de la cabeza dentro del water o acciones de profanación del Corán. Cinco de los nueve detenidos refieren haber perdido la conciencia durante los interrogatorios, a pesar de lo cual en una ocasión un médico certificó que el preso estaba en condiciones físicas para seguir siendo interrogado. En otra, una observación médica sobre un proceso de dolor de espalda crónico fue explotada por los interrogadores para obligar al preso a mantener posturas forzadas y dolorosas de forma prolongada.
Los registros médicos de Guantánamo refieren lesiones que pudieran ser consistentes con prácticas abusivas como contusiones, fracturas, laceraciones, daños en nervios periféricos o ciática, sin que se mencionen en absoluto las posibles causas de dichos procesos. Algunos presos han señalado que el acceso a la atención médica estaba relacionado con la actitud de cooperación en los interrogatorios.
Actualmente hay en Guantánamo 172 personas detenidas al margen de cualquier legalidad internacional y privadas de todos sus derechos en tanto que seres humanos. Una situación patrocinada por quienes se presentan como adalides de la democracia universal y expuesta ante la vista impasible de todo un mundo que sigue haciendo gala de dobles varas de medir.
Barak Obama prometió cerrar Guantánamo. Sin embargo el pasado mes de marzo tuvo que dar marcha atrás y decidió reanudar los juicios militares en la propia prisión, el mecanismo establecido por Bush para emitir veredictos al margen de la justicia regular. Una de las razones aludidas para este cambio de criterio ha sido precisamente que el sistema judicial norteamericano no puede hacerse cargo de presos tan heterodoxos, ni asumir declaraciones supuestamente arrancadas mediante torturas.
Es decir, la situación de ilegalidad es tan flagrante que parece que no tiene arreglo a los ojos de la propia justicia. Sobre todo porque nadie en el mundo está dispuesto a pedir responsabilidades a los autores de tanta atrocidad. Ni siquiera a señalarlos con el dedo. Y mientras tanto, los presos siguen presos de su propia condición de ilegalidad forzosa. Pero no importa, ya les hemos privado hasta de su condición humana. Con certificado médico incluido.



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