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miércoles, 31 de agosto de 2011

El Santo Grial


El Santo Grial

El Santo Grial,
 las Claves Simbólicas de la Leyenda
  por Nicolas Martín y Mateo


Identificado dentro de la iconografía cristiana con la imagen del cáliz, el Santo Grial es la copa que contiene la sangre de Cristo. Idea doblemente reforzada si tenemos en cuenta que se empleó primero como cáliz en la última cena, pero poco después también como recipiente en el que José de Arimatea recogiera la sangre del Cristo crucificado. Por otra parte, como matriz de la vida, el Grial simboliza el receptáculo donde tiene lugarla transfiguración personal. La tradición relata su venida a Europa, dando lugar en el medioevo a ciclos literario sobre el rey Arturo y la caballería andante, y ubicándolo en el legendario Muntsalvach, asociada a veces con Avalon -transposición mitológica del mismo Glastonbury- y otras con la fortaleza cátara de Montségur, en Languedoc, o bien con Montserrat, en España.



La tradición judeocristiana, como remanente del legado crístico, se inserta dentro de la cultura esotérica de occidente, completando los componentes helenístico y herméticos que la precedieron.  En paralelo a la iglesia creada por el apóstol Pedro, y definida poco después por Pablo, surge otra derivación, la del grial, con tintes más legendarios e imprecisos. No se constituye como cuerpo de fe de ninguna confesión religiosa, ni se legitima por su veracidad histórica tampoco. Aunque degenera en mitología, su importancia estriba justamente en eso, en la potencia del mito. Su simbolismo nos transporta a otros mundos, o a otros planos de conciencia, despertando nuestros arquetipos colectivos más profundos.



Lo Eterno, una vez  despertada la necesidad espiritual, se convierte en la meta de todo Iniciado que se plantea su lugar en el mundo. El Grial simboliza esa aspiración a la plenitud interior, a la autorrealización personal en la unión con lo divino, y su Búsqueda, como biografía del alma misma, ilustra el laberinto de ese tránsito. De esa escapada hacia delante que sobreviene al héroe o iniciado y en la que se ve irremisiblemente envuelto. Este pensamiento surge en un momento en que el ideal caballeresco se emancipa del ascetismo clerical, pero no sin dejar de apropiarse de cierto tipo de misticismo latente.

El héroe, lanzado hacia lo desconocido, rompe continuamente con su pasado. Su aventura sin embargo no debe concebirse como una cadena casual de fenómenos extraños, sino como algo vital y reconocible en su experiencia más íntima. Como una prueba diferida en el tiempo, gradual y selectiva, a través de la cual se perfecciona. Es un camino de salvaciónen definitiva que culmina con su transfiguración personal, pues el héroe está conminado-una vez y pese a sus errores, a cumplirlas.


Esta búsqueda es el tema dominante de gran parte de los relatos medievales sobre la caballería andante. Adopta  sin embargo los elementos básicos de la mitología universal, puesto que lo encontramos como símbolo recurrente en distintos ámbitos culturales. Para los griegos por ejemplo, dentro de los misterios órficos, existía una vasija en la que se cocinaba el alma del mundo, de tal manera que cuando se bebía de ella, el alma se veía arrastrada hacia un nuevo cuerpo. Entre los celtas, el Caldero de la Abundancia reportaba similares propiedades. En su infierno, el Annwn, existía un recipiente en el que los difuntos sumergían la cabeza para recuperar la vida. Como podrá observarse, la idea que subyace es la de paso, la de tránsito.

De hecho, en los misterios de Eleusis, nuevamente en Grecia, era incorporado como una fase del proceso de iniciación. El recipiente contenía la bebida sagrada y, al tomarla, se entraba en trance, es decir, el neófito pasaba a otro mundo. Desde un plano de existencia en que el alma se encontraba separada de su esencia, hacia otra esfera superior-considerada entonces edénica- en la que encontraba su plenitud. Comportaba así la búsqueda del conocimiento y de la verdad, pero también y especialmente en un contexto cristiano, la búsqueda del Paraíso.

Al margen de sus antecedentes, sus influencias son múltiples. En el simbolismo del grial podemos encontrar fácilmente restos de otras tradiciones. Un marcado acento que proviene de la mitología celta, ligado especialmente al ciclo artúrico, salta a primera vista, pero también muestra elementos alquímicos y árabes o, mejor dicho, sufíes entre otros. Identificado dentro de la iconografía cristiana con la imagen del cáliz, el Santo Grial es la copa que contiene la sangre de Cristo. Idea doblemente reforzada si tenemos en cuenta que sirvió primero como cáliz de la última cena, pero poco después también como recipiente en el que José de Arimatea recogiera la sangre del Cristo crucificado.




La plasmación del Mito

Así lo contempla el texto, redactado a finales del siglo XII, que refiere por primera vez los hechos. En la inacabada obra de Chrétien de Troyes, El Cuento del Grial,aparecen los elementos propios de lo que hemos calificado ya como mitología cristiana. En el episodio que describe el cortejo del grial, Perceval,  recibido en el castillo del Rey Pescador, es el primero de los caballeros que contempla este singular y misterioso ritual.

Precedida por unos pajes que portaban una lanza y dos candelabros encendidos y seguida por otra joven dama con una bandeja de plata, aparece una hermosa doncella que sostenía el grial de oro entre sus manos. Con él se ilumina completamente la estancia. En posteriores versiones, junto a la joven doncella, aparecerá también la presencia de un enfermo y anciano Rey, como fiel reflejo del estado desolador en que se encuentra su reino. La escena es muy simple y breve, pero se convierte en el núcleo de toda la peregrinación iluminística


En la literatura caballeresca, el amor de la mujer estimula e inspira el valor del héroe, impulsándole en su evolución personal. Como primera plasmación del amor universal, el caballero se verá envuelto en una deriva sentimental. Entre la seducción amorosa de la mujer, por un lado, y la gloria y la inspiración divina por otro. Pero lo más interesante aquí es poner de manifiesto que la feminidad representa el lado emocional y la vía del conocimiento directo e intuitivo. La dama del cortejo que hemos referido estaría en esta línea interpretativa.


El protagonismo que cobra aquí la mujer tiene mucho que ver con la preponderancia que le otorga la mitología septentrional. En la cultura celta, sus apariciones en el bosque, especialmente entre pozos y lagunas, evocan al caballero la memoria de un paraíso perdido. A veces como seres elementales,  ya se trate de ninfas, hadas... o bien como divinidades femeninas, representan la voz de la Tierra. El mito de la Caída y de la pérdida del paraíso se insinúa entre sus susurros y presencias. Son el alma de la tierra y de alguna manera están invocando al monarca la consagración del reino cuando legitima su comunión con ellas.


Pese a todo, en un contexto cristiano como el que se desarrolla en occidente, lo femenino sigue teniendo un papel inusual. Relegada del misterio de la misa, en la Iglesia por ejemplo, la mujer no desempeña una función significativa. Bien es cierto que en este caso puede tomarse como una representación angelical o incluso asociarse con el culto mariano, cobrando así cierto protagonismo, pero para ello tenemos que recurrir a fuentes más bien heterodoxas. El auténtico misterio de la Virgen María no se encuentra entonces en su virginidad propiamente dicha, sino en su gestación y en su parto simbólicos. De  alguna manera, debemos obrar con la misma pureza que ella para que en nuestros corazones nazca el Cristo.

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El Santo Grial, 1860
Dante Gabriel Rossetti

Es decir, tanto ella como nosotros mismos tomando su ejemplo, e indisolublemente ligado al significado último del Grial, somos el receptáculo creador y dador de vida. Como matriz de la vida, invirtiendo los términos y arrastrando esa asociación femenina, el Grial es el receptáculo donde tiene lugar el ciclo constante de la muerte y del renacimiento, es el lugar de la transfiguración personal. Después de todo, tampoco tenemos por que irnos tan lejos. Esa preeminencia femenina la encontramos ya en los mismos Evangelios. No podemos dejar pasar por alto que, tras su resurrección, los primeros discípulos a quienes se mostró Jesucristo fueron precisamente femeninos.

Esto hace que tales elementos, la influencia céltica por un lado y el cristianismo de cuño esotérico por otro,  estén presentes e influyan el pasaje que acabamos de esbozar. La joven dama, en tanto que portadora del Grial, posee y muestra generosamente los misterios. Dentro de nuestra estructura psicológica o mental, o tomando un plano alegórico si se prefiere, la imagen resulta perfectamente identificable. La dama, como también lo hará el Rey Pescador, representa el conocimiento luciferino -de luz caída- de nuestra conciencia.


Perceval, el primero de los caballeros que asiste al misterio, permanece absorto en la representación  pero manteniendo una actitud más bien abúlica. Quizás por timidez, quizás por educación o por  modales mal entendidos no pregunta a su anfitrión, el Rey Pescador. Como si no mostrase interés por penetrar en el misterio, muestra un acomodamiento a  la situación que le pierde. Cuando la revelación sobreviene exige la máxima transparencia en la respuesta, pues de lo contrario nos abandona. No entiende de protocolos, ni de códigos sociales, en los que probablemente se encuentra  sumido... 

Al faltarle el ímpetu necesario para preguntar al Rey Pescador por el sentido del ritual, deja pasar la oportunidad. Tanta prudencia, ante una situación como ésta, supone más bien una tibieza de espíritu inexcusable. De haberlo hecho, la escena, de mero drama ritualístico, se hubiera convertido en un pasaje iluminístico. La toma de consciencia le hubiera resuelto la búsqueda al darle sentido al momento. De realizar la pregunta que la curiosidad le estuvo suscitando, el Rey hubiera sanado y, con él, su Reino.


Dante Gabriel Rossetti


El Rey Pescador es el guardián del Grial. Se le llama así porque su predecesor, Bron, alimentó a sus  seguidores con un solo pescado que sacó del Grial, emulando el milagro de Cristo. El mismo  Jesús llamaba a sus apóstoles pescadores de hombres, y es costumbre representarlo como pez -en tanto que avatar de la entonces nueva era de Piscis por otra parte, si nos atenemos al cristianismo primitivo- o bien como pescador, si lo que pretendemos es destacar, y jugar metafóricamente, con la extracción social y profesional de parte de su discipulado.

La asociación por lo tanto es evidente, pero llegado este momento es necesario matizar.  La figura del monarca está desdoblada, pues junto al Rey Pescador, que ejerce de anfitrión de Perceval, hay otro, en este caso El Rey Herido, que aparece junto a la doncella en el cortejo del grial. Indudablemente se trata del mismo personaje, producto del proceso analítico que el mito quiere mostrar, siendo sobre este último sobre el que  recae la culpa de nuestra desolación. El Rey, habiendo sufrido una herida incurable, se mantiene en estado de latencia y la tierra que rodea su castillo, reforzando alegóricamente su sentido, queda yerma... estéril.

Se pone de manifiesto aquí la influencia céltica, una constante que liga la búsqueda del grial con la soberanía del poder. Puede hablarse, sin duda, de una relación causal entre el bienestar y la salud del rey y la fertilidad de su reino. Para los celtas, un rey tullido es un rey incapacitado para gobernar. Su impotencia, su lesión, sería la causa indisoluble de la esterilidad de la tierra o de su reino. La herida adivina así nuevamente a la de Cristo, que le fuera infligida por la lanza de Longinos, el soldado romano que le atravesara el costado. Su sentido sin embargo difiere. La enfermedad del Rey viene dada aquí de alguna manera por algún tipo de quebranto, por la pérdida de fe o por el olvido de algún tipo de alianza.



En definitiva, uno y otro no hacen más que representar los dos aspectos de nuestra naturaleza. El Rey Pescador al igual que la doncella del grial, en tanto que detentadores de los misterios, no son sino un doble de nuestra conciencia y sabiduría interior, mientras que el Rey Tullido representa ese otro aspecto primitivo producto del olvido de nuestra naturaleza divina.


Los elementos ya están presentes en el cortejo, la lanza, la copa y poco después, en versiones posteriores como la Segunda Continuación y la de Manessier (no olvidemos que la obra de Chrétien queda inacabada), aparecerá también la espada rota portada por un varón. La lanza, la espada... pese a todo, resultan extraños para la iconografía cristiana. Aunque se les suele equiparar con la lanza de Longinos y con la espada que decapitara a Juan El Bautista, la comparación resulta demasiado forzada.

Se interpretan mejor en relación con el contexto histórico en que se desarrolla la narración, como parte del instrumental bélico del caballero. La lanza representa entonces la intuición y la clarividencia, pues con ella, lanzada de forma certera, se alcanza el centro de las cosas. La espada por su parte supone el gesto, la fortaleza de voluntad y de poder, con la que se rasga el velo de la ignorancia. Pero, pese a todo, estos  símbolos mantienen aquí un sentido muy negativo, pues la lanza produce la tara del Rey, incapacitándolo, mientras que la espada partida pone de manifiesto la pérdida de su soberanía. Solo se regenerarán como símbolos místicos una vez que, asociados al Grial, éste obre sus efectos. Robert de Borron será quién en este sentido realice la transformación del mito. Si en este momento, el objetivo de la búsqueda estaba centrado en devolver la salud al Rey Herido y recuperar la Tierra Desolada, De Borron desvió la atención para situarla ahora en la figura de Cristo.








http://www.erks.org/santogrial.htm



















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