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miércoles, 3 de agosto de 2011

Buenos Aires::Lucha ciudadana/Milagro en Monte Grande/Empresarios ejemplares

MILAGRO EN MONTE GRANDE
EL PAIS
MILAGRO EN MONTE GRANDE
Domingo 11 de enero de 1998 | Publicado en edición impresa


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Diario LA NACION

Revista

Miércoles 
03.08.2011


Esta es la historia de un puñado de locos. Empieza con una mujer a punto de llorar. -Nosotros amamos este lugar, por eso queremos que vuelva a ser grande, que quede para nuestros hijos. Son las siete de la mañana. El cielo reverbera de calor en Monte Grande y la mujer levanta el mentón con empaque mientras se refriega las manos, ásperas.

-Para eso, lo único que pedimos es que nos dejen trabajar
A su alrededor, en un abrazo de ladrillo y chapa, se despliega la niña de sus ojos: Amat Monte Grande, la fábrica textil en la que ella y cientos de personas más dejaron la mitad de la vida y están dispuestas a dejar la otra mitad. Detrás de los ladrillos ronronea lo que queda de las máquinas. Amat, una de las textiles más importantes del país, supo tener mejores tiempos.
En 1865, el catalán Alfonso Amat había fundado una fábrica textil en un pueblo de campo español llamado Vilaser de Mar, pero el aire corrosivo del franquismo lo trajo escapando a la Argentina cuando tenía 45 años. En Monte Grande, por entonces un pueblito rural, refundó la fábrica dándole por nombre su apellido. Así se fundó Amat Monte Grande, la fábrica que creó las sábanas Fiesta, llegó a tener 1300 empleados, a fabricar un millón de metros de sábanas y a exportar a Estados Unidos y a Europa. Monte Grande se hizo ciudad a la lumbre de la fábrica. Los obreros construyeron casas, se compraron autos, se fueron de vacaciones y agrandaron la familia gracias a la seguridad que les daban las máquinas de cardar y de tejer, de hilar y de planchar. Hoy, la fábrica va por su tercera quiebra decretada por la Justicia.

Lo único que la salva del desastre es una conjunción tan delirante como eficaz: la de un empresario bohemio, un sindicalista creyente y un intelectual acostumbrado a lo imposible.
-Si se va a caer, pensemos en lo más absurdo. -dijeron.
Y, perdido por perdido, ganaron el paraíso arañando las puertas del infierno.
Joaquín Amat, nieto del primer Amat que vino a la Argentina, tiene 47 años y sale a recibir al estacionamiento de la fábrica como si ésa fuera su casa. En el despacho del ex presidente del directorio hay un escritorio antiguo con tres o cuatro ceniceros, sillas nobles, una mesa para las reuniones. No hay computadoras ni luces dicroicas ni pilas de carpetas elegantes. Un par de cuadros, apenas, que dan cuenta del padre y el abuelo de Joaquín, anteriores presidentes de la fábrica. No hay, siquiera, un teléfono.

-Me identifico más con mi abuelo que con mi padre, poque mi abuelo tenía 45 años cuando empezó con la fábrica. Casi la misma edad que tenía yo cuando siendo arquitecto, teniendo mi casa en Capital, con mis hijos viviendo allá, decidí vender todo, venir a vivir a la fábrica y pelearla desde adentro.
Tuvo una galería de arte, Ficciones, y demostró cierto interés por las artes en general. Su participación en el directorio de la empresa fue siempre pasiva. En 1982 conoció a Jorge Pistocchi, fundador de la revista Expreso Imaginario, y juntos empezaron a incursionar en grabaciones de video. Pistocchi se quedó sin casa y Joaquín lo convidó a vivir en lo que fueron los talleres de herramientas de Amat, sin sospechar por entonces que sería ese amigo mudado de la Capital a la provincia alma mater de la salvación futura. Por entonces todo funcionaba sobre ruedas.Con la apertura de la importación las fábricas textiles empezaron a derrumbarse. Algunas se fueron del país, otras cerraron. Cuando Joaquín decidió participar activamente en la empresa corría 1994 y la crisis era una infección extendida.

-Grafa se iba del país, Castelar estaba quebrando, Flandria venía mal, Sudamtex y Estexa (otras empresas del sector) quebraban, el destino nuestro era ése. Vine en 1994 y en marzo de 1995 nos declararon la primera quiebra, a pesar de que habíamos hecho un acuerdo con los acreedores que estaban de acuerdo en no pedirla por un 99 por ciento de votos a favor. Pero el juez, en marzo, no homologó el acuerdo y nos declaró la quiebra sin que tuviéramos un solo metro cuadrado de tierra hipotecado, con los sueldos al día y las cuentas bancarias abiertas...
Jorge Pistocchi y Joaquín Amat junto a Hugo Albornoz son los tres mentores de la supervivencia de una fábrica textil que fue de las más importantes del país, pero que ya va por la tercera quiebra. Sin embargo, entre todos, están logrando que la empresa siga abierta y produciendo

Seiscientas personas se quedaron sin trabajo. Las puertas se cruzaron con fajas de clausura. Como si confiaran en una fortuna loca, los obreros dejaron sus máquinas prolijas, aceitadas, listas para volver a funcionar.
-De acá no se sacó nada para vender -dice Joaquín-. Se mantuvo el stock, se cuidaron las máquinas, se mantuvo la materia prima.
Hugo Albornoz, en aquel momento secretario general de la comisión interna de Amat, entra en el despacho. Es bajito, redondo, fuerte, sereno. El fue quien reunió a la gente y decidió resistir de una manera rara.
-Nos decían que cortáramos Boulevard Buenos Aires, que quemáramos gomas, que hiciéramos escándalo para que vinieran los medios, pero sabíamos que si hacíamos eso en tres días todo pasaba al olvido. Entonces empezamos a decir: "Vamos a dialogar". Conocíamos muchas quiebras y sabíamos que el obrero jamás se lleva un centavo. La prioridad son el juez, el síndico, los abogados. Entonces lo que pedimos fue que nos dejen demostrar que trabajando se pueden pagar las deudas. ¿No, Joaquín? Joaquín baja la cabeza. El es un socio más dentro de una cooperativa. Su fábrica, la de su abuelo, pasó a ser la fábrica de todos. Joaquín y Hugo, en cualquier otro lugar que no fuera el Planeta Amat, estarían peleando como perro y gato.
-Joaquín tuvo la valentía de quedarse a luchar con los trabajadores -reconoce Hugo-. Nosotros lo respetamos muchísimo. Juntos hicimos esta lucha sin cortar los caminos, sin hacer ollas populares, y hoy tenemos 10.000 firmas de vecinos de Esteban Echeverría que nos apoyan, el Concejo Deliberante declaró de interés municipal nuestro problema y la Cámara de Diputados de la provincia de interés provincial.

La quiebra fue apelada y a los cinco meses recuperaron la fábrica. Apenas un puñado de obreros pudo reincorporarse, para descubrir que las máquinas funcionaban como siempre. Pero todos los servicios estaban cortados. Luz, gas, teléfono, agua.
-¿Sabés de dónde sacamos la luz para iluminar por lo menos las oficinas?- se ríe Joaquín-. Del quiosquito de enfrente. Trajimos un enchufe hasta acá.
Habla en plural. Piensa en plural, escucha en plural.
-Nunca creí en la forma en que se manejaba la fábrica, con un esquema tan vertical. Cuando el mar está tranquilo, el capitán tiene su buen camarote, va al salón VIP, pero cuando se desata la tormenta si el barco se hunde se ahogan el polizón, el marinero y el capitán. No hay una chalupa que uno pueda subirse y decir Chau, me rajo. Y también sucede que yo creo en la responsabilidad y un capitán no puede irse del barco en la mitad de la tormenta.

La fábrica flota. El proceso para ponerla en marcha fue lento. En diciembre de 1995 comenzó a trabajar la hilandería. Después se consiguió restablecer la provisión de materia prima. En enero de 1996, y después de años de permanecer cerrada porque un contador del viejo directorio había estimado que era un gasto innecesario, se reabrió la colonia Los Chicos de Fiesta.( Fiesta: marca de las sábanas)
En el patio, bajo el rayo bravo del sol de media mañana, un hombre enfundado en ropa de trabajo limpia con esmero una de las piletas.
-Atrás hay dos piletas (piscinas)-dice Albornoz- y decidimos reabrirlas. Todo el mundo nos decía: "Si no tienen profesionales capaz que se les ahoga algún pibe". Pensé: "Sí, tenemos un profesional. Es Dios, y no va a permitir que a los chicos les pase nada". Así que preguntamos quién sabía nadar y ahí el compañero Eduardo Fink dijo que sí. El es el bañero (socorrista). Un médico nos revisó a los chicos, les hizo fichas, todo gratis. Nadie paga un peso, y han venido a ofrecernos hacer la colonia, pero cobrando. Les dijimos que no, por supuesto.
-Tenemos bebes de pecho y chicos grandes -dice Eduardo Fink manguereando el piso-, pero los que son grandes pueden venir con la condición de que cuiden a los más chiquitos. Con amor todo es posible.
Durante 1996 fueron 85 chicos a la colonia y más de 100 en 1997. Alicia Gandolfo es la mamá de Mariela Suárez, de 20 años. Alicia es una mujer rubia de ojos cansados, que mira alrededor, como si añorara.
-Hace 30 años que trabajo acá. En este lugar encontré la felicidad, el amor, la alegría y el dolor. Encontré marido, he vivido cosas hermosas, y también...
Se calla. Un día como cualquiera, ni menos ni más que cualquier otro, la enloquecieron de horror en mitad de la jornada al avisarle que su hija de 15 años había tenido un accidente en la moto. Mariela sufre las secuelas, los golpes, las parálisis, hasta el día de hoy.
Para aguantar semejante cosa a veces la familia es chica. Esta familia de la fábrica fue grande. Los compañeros me ayudaron, el año pasado Mariela vino a la colonia y no me la discriminaron, ella se sintió útil. Hasta escribió el discursito de despedida para los nenes cuando empezaron las clases. Y ella me pregunta... si... si este verano va a venir...
-Claro que va a venir, claro que va a venir -la abraza Hugo Albornoz.

Alicia se encoge de hombros y mete las manos en los bolsillos del guardapolvo con alforzas.

Los desastres continuaban. Las dos fábricas que Amat poseía en San Luis y Comodoro Rivadavia cayeron como castillos de naipes. En febrero de 1996, la desgracia pasó una vez más su lengua negra: don Alfonso Amat, padre de Joaquín, falleció el 4.
-Entonces yo asumí la presidencia el 21 de febrero de 1996 -enumera Joaquín, como quien relata una gesta- sabiendo que el 22 me volvían a poner las fajas de clausura... por 3000 pesos. Me reuní con la gente, les dije que más que un patrimonio yo había heredado una lucha y que la quería compartir con ellos porque sabía que era su lucha también. Entonces sí, el 22 de febrero de 1996 por la tarde, el mundo se paró.

Habían demostrado que podían producir, habían demostrado que podían tener la fábrica en marcha. Y por 3000 pesos estaban en quiebra. Una tarde, en un bar que está frente a la fábrica, Joaquín escuchó las palabras que le cambiaron la vida. El bar se llama En la vía.
-Estaba con Jorge Pistocchi. El vio que había una historia y un conocimiento enorme de la gente que no figuraba en los balances. Me dijo: "Mirá, Joaquín, armemos desde Amat un manual de instrucciones para enfrentar el próximo milenio". Fuimos a la librería, compramos un cuaderno y dos biromes y escribimos el proyecto. No pensamos en una cooperativa, sino en una asociación participativa. Después me junté con Hugo Albornoz, y mirando los pastos crecidos de la fábrica le dije: "¿Qué hacemos, la peleamos?" Hugo me contestó:"Sí, y peleémosla juntos".
La fábrica seguía cerrada, custodiada por personal histórico de Amat. Decidieron hacer reuniones todos los martes frente a los portones clausurados. -Yo le informaba a la gente lo que decían el juez y el síndico. Hugo alentaba y les decía: "No ollas populares, no cortes de ruta, no molestemos a los vecinos". Empezamos a pelear al revés: primero las herramientas, sin herramientas no hay fábricas; segundo, la gente que trabaja con las máquinas; tercero, los mecánicos que arreglan las máquinas, y cuarto, un puñado de nosotros corriendo para todos lados.
Ese nosotros en último lugar lo incluye a él, propietario y ex presidente de una empresa millonaria.
-No me considero un empresario venido a menos sino venido a más. A mí me tocó una generación de lucha y me siento orgulloso.
A Joaquín la vida le cambió como a pocos. De vivir en una cómoda casa en Capital pasó a un ex taller de herramientas en Monte Grande, lejos de sus hijos y con pocas pertenencias.
-Mis horarios también cambiaron. Ahora a las siete de la mañana estoy yendo para la fábrica y tuve que resignar cosas económicamente.
Volvieron a entrar en la fábrica en junio de 1996 gracias a 5000 firmas que juntaron los vecinos. Para septiembre ya había 60 personas trabajando y cobrando un sueldo. Pero el trabajo se hacía bajo una óptica diferente.
-La plata la íbamos a repartir entre todos por igual, ya no había maquinistas ni ayudantes ni oficiales -relata Albornoz-. Anunciábamos cada martes a las personas que iban a ser incorporadas. Los que no nombrábamos se ponían contentos igual. Decían: "Hacé las cosas bien, así puedo entrar yo también".
Hubo semanas en las que anunciaron un ingreso por día. La gente esperaba los anuncios con la esperanza en la punta del estómago. La confianza abrió el capullo. Todos confiaron en todos. Barrieron, plancharon, hilaron, cortaron, lavaron el baño, descargaron camiones y esperaron la reunión de cada martes rogando que la boca de acero del megáfono gritara su nombre. Los que primero se reincorporaron fueron los más viejos.
Cuando cobraron el primer aguinaldo firmaron el sobre para certificar que lo habían recibido y lo invirtieron en la compra de algodón. Ante la opción de hacer horas extras o dejar entrar a más compañeros, se decidió que los que esperaban allá afuera tenían prioridad. -Cada uno que entraba era responsable por generar otro puesto de trabajo.
-Ellos son los que le van a transmitir el conocimiento a la siguiente generación -explica Joaquín-. Si necesitamos adquirir algún tipo de conocimiento técnico, contratamos a un profesional que nos explique. Cuantos más años de fábrica tengan, mejor. Nuestro capital es lo que todo el mundo descarta: la experiencia. Si nosotros no recuperamos ese conocimiento de la gente mayor y lo transferimos a la próxima generación, nuestra fábrica va a terminar muerta. Esta gente va a ser docente de la próxima generación
Jorge Amadeo Pistocchi y Joaquín Amat


Pero nada termina cuando parece que termina. Hubo otra quiebra más, la tercera, en octubre de 1996.

-Había 900 acreedores que podían pedir la quiebra si querían y durante un año y pico nadie la pidió. Nadie. Nos fuimos con Albornoz a Comodoro Rivadavia a ver si podíamos firmar un convenio para recuperar nuestra fábrica allá y nos enteramos de que nos había declarado la tercera quiebra un funcionario judicial: el escribano que había hecho el inventario. Entonces los corderos perdieron la paciencia. Decidieron que esa vez no iban a entregar la fábrica y la tomaron. Familias enteras se aferraron a sus máquinas, con furia y a su manera: portón abierto y a cumplir con las entregas trabajando más que nunca.
-Rechazábamos la faja de clausura. Se pusieron en contacto con nosotros el síndico y el juez -ironiza Albornoz-. Nos dijeron: "Va a ir la Gendarmería, hoy van a ir diez, mañana cien, después doscientos, y ustedes se van a tener que ir". Entonces les dijimos: "Para ahorrar tiempo, ¿por qué no los mandan a todos juntos?" Que vengan. Que nos peguen. Que nos tiren abajo el portón, que nos maten. Que hagan lo que tengan que hacer. Nosotros no les vamos a responder. No vamos a contestar a la violencia con violencia.

Siguieron despertándose a las cinco de la mañana. La Gendarmería nunca llegó.
-Le dijimos al juez que mandara al que quisiera, pero que nosotros le íbamos a decir a todo el que quisiera escuchar: El juez Taillade, el síndico Adrogué, el secretario Palomino nos quieren reprimir por el simple hecho de querer trabajar.
Endereza el pecho en su butaca, se yergue de orgullo patrio Hugo Albornoz. Tiene la mirada plana de la gente que olvidó la ingenuidad con los chiches (juguetes) de la infancia.
Amat tiene una quiebra pendiente que está en la Suprema Corte, y sigue trabajando encuadrada en la figura de continuidad laboral sin clausura . En enero de 1997 ya habían incorporado a 120 trabajadores y hoy llegan a 200. En poco tiempo más van a habilitar una huerta-escuela a media cuadra de la fábrica para devolverle a la gente de Monte Grande la cultura de autoalimento. Para enseñarles a los chicos cuántas papas son un kilo.
Caminando al azar por el barrio, Jorge Pistocchi y Joaquín Amat descubrieron a media cuadra de la fábrica un terreno que les pertenecía.

Miramos las escrituras y sí, era nuestro -se maravilla Joaquín.
Plantando los 4000 metros cuadrados pueden obtener alimento para doscientas personas.
El baldío no es distinto de cualquier otro. Sólo que allí, a los pies de un alambre tejido, está el fundador de El Expreso Imaginario sacando pasto con una pala.
-Soy un teórico de la pala y el martillo -los pelos se le pegotean en la cabeza bajo el sol ya alto. Es el mismo Jorge Pistocchi que recibió una herencia en los años sesenta y fue mecenas de rockeros como Spinetta y Miguel Abuelo-. La herencia era mucha guita, pero la verdad que no hice mucho esfuerzo por retenerla.
Entre 1976 y 1979 Pistocchi publicó El Expreso Imaginario, pero cuenta que el editor le robó los títulos y Jorge marchó a las calles, a vivir como vagabundo entre 1979 y 1984.
-Tuve que separarme de mis hijos, no tenía para darles de comer. Me quedé en la calle y pintaba paredes.
En 1984, armó con un grupo de artistas el Centro Cósmico La Paternal, una casa comunitaria donde cada cual aportaba lo que podía y sabía. Cuando no les renovaron el alquiler, Jorge Pistocchi conoció a Joaquín Amat, que le ofreció vivir en el taller de herramientas de Amat, donde está instalado hasta hoy sin extrañar ni un ápice los vericuetos intelectuales de otras épocas.
-Es que yo fui al colegio industrial y me gusta la idea de armar cosas -explica.
Es consejero de la Cooperativa Amat Monte Grande. En 1989, durante la época de los saqueos, le sugirió a Joaquín fabricar rejas para protección de viviendas. Vendieron muchísimas. Después sugirió que fabricaran invernáculos y con la experiencia de aquel entonces es que hoy se construyeron dos para la Huerta Orgánica. Parece acostumbrado a la idea del reciclaje, a la necesidad de necesitar poco. -Tiempo es lo que sobra y acá por lo menos se puede producir alimento y atención para los chicos. Fue muy fuerte ver la caída. La gente que se enfermaba y se quedaba sin atención médica; muchos murieron. Yo tengo una cuota de marginación, estoy adaptado a las oscilaciones de la vida, pero esta gente está muy condicionada, se levanta todos los días a las cinco de la mañana para venir acá, un día pierde esa porción de seguridad y, ¿qué hace? Sabía que si les daban una oportunidad iban a poner lo mejor de ellos.
La misma fe empecinada en los ojos de todos. Caminando entre los cardos aparece Daniel Fernández. Vive en Glew y viaja todos los días hasta Monte Grande. En su casa tiene una huerta de diez por diez a modo de hobby. En el Planeta Amat, Daniel Fernández pasó de ser el encargado del taller de herramientas a maestro agricultor.
-Hay que apostar al bien de la gente y se sacan cosas buenas -sostiene Daniel-. Con la fábrica abierta y la huerta hay un poco de dinero y un poco de alimento. Eso da más voluntad para seguir peleando.
Una fábrica textil se parece a un nido de capullos. Hugo Albornoz y Joaquín Amat recorren los galpones con la certeza de quien conoce. Los ventanales desbocan una luz grisácea. Los ruidos ensordecen. Filas y filas de máquinas sin funcionar donde seguramente hubo un zumbido perpetuo. Cada tanto, un operario saluda con un beso, un abrazo, una mano en alto. Los tambores se llenan de algodón, esa sustancia leve como un cuento de hadas. Chorros espesos de algodón descienden en los tambores, ríos de una gasa liviana salen por el otro lado, y luego un hilo, y después un carrete, y más tarde una sábana, un mantel. El algodón cumple su destino de crisálida en metamorfosis permanente.
-Ese es Carmelo Frutos. Hace 40 años que trabaja y se quedó sin casa, así que le vamos a construir una en la huerta.
Albornoz acaricia con el dorso de su mano un río de algodón que cae y hace una mueca dulce. Muestra la fábrica como si mostrara el vientre de una mujer preñada, pero por dentro. Omar Maceira aprieta fuerte la mano frente a una hilera interminable de carretes de hilo verde.
-Me puse los pantalones largos para entrar en la fábrica, hace 43 años que estoy. Cuando cerró había conseguido trabajo en una panadería, pero cuando volvieron a abrir dejé y me vine.
-¿La panadería no era más segura?
-Sí, pero esto es lo mío. Además, ésta es una causa de todo Monte Grande. La gente nos para por la calle y nos pregunta cómo vamos. Esta es la esperanza de la gente de acá y de la que todavía está en la calle también.
Albornoz y Amat atraviesan galpones desolados. Se advierten oficinas cerradas desde hace tiempo. Uno de los mecánicos de la fábrica tiene apenas 33 años, pero hace una década que trabaja allí. Una máquina le lastimó una mano y tuvieron que amputarle el dedo. Campitos se llama. Levanta el pedacito de carne mocho.
-Pensé que iba a ser peor, fue hace cinco meses, pero acá me apoyaron mucho, enseguida volví a trabajar para no encerrarme en mí mismo.
La anécdota de la amputación está entre las favoritas de la fábrica. A dos semanas del accidente se descompuso una máquina. El mecánico no encontraba la falla y llamaron a Campitos para que oficiara de director de los movimientos del otro, pero no se aguantó: metió mano, salió horas después con el yeso sucio de grasa hasta el hombro y la máquina funcionando. Cuentan que lo sacaron en andas.
El algodón sigue destrozándose en ritmos ensordecedores, planchándose en largas tiras, derramándose como una lengua de crema. De algún rincón llega Joaquín abrazando a un hombre electrizado, un retazo de la noche oscura. Se llama Jaime.
-Mi padre construyó la fábrica. La conocía de memoria. Iban a buscarlo en casa a las dos de la mañana porque se habían tapado las cañerías y venía arriba de los techos a ver. Una vez mi padre le pidió a don Alfonso para ser presidente de una escuela que él había fundado. Y vino don Alfonso Amat y fue presidente don Alfonso. Vino nomás.
Joaquín lo escucha sonriendo, y después dice que el padre de Jaime fue su propio maestro y que la mamá de Jaime es capaz todavía de hacer una empanada gallega emocionante. -Todos tienen memoria de la fábrica, de sus historias, de las historias de sus padres -reconoce Joaquín-. Pero afuera de la fábrica esa memoria se transforma en una memoria terrible, melancólica, que te dice todo el tiempo que todo lo que hiciste no sirve para nada. Yo no puedo creer que querer trabajar parezca una cosa tan subversiva.
Las niñas se hicieron mujeres, se casaron, se hincharon de embarazos a la lumbre de las máquinas. Los hombres se hicieron mansos. Dorinda López vino de España a los 14 años. A los 16 obtuvo trabajo en Amat y no se fue más.
-Después de 39 años lo poco que tengo es gracias a Amat. Es la tercera vez que pongo el hombro con toda mi alma, para que esto de nuevo sea algo maravilloso como fue gracias a don Alfonso, que no lo tenemos más, pero lo tenemos a Joaquín. Estamos luchando para él también, no sólo para nosotros, sino para que él siga. Joaquín es un patrón que es una barbaridad, es un amigo y es caso único que el patrón luche al lado del obrero.
Liliana Rocha fue toda su vida una simple empleada administrativa, pero en el reparto de papeles de esta nueva jugada le tocó ser tesorera.
-Amo este lugar -susurra hecha un torbellino de orgullo-. Mi padre trabajaba acá y yo estoy hace 25 años, hace más de 50 que tengo algo que ver con la fábrica. Es mi segundo hogar, o el primero, no sé. Esto va más allá de mi sueldo. Y a usted..., ¿qué le parece, le gustó nuestra fabriquita?
Entonces aparece Julio Fink, en un galpón enorme. Bajo una claraboya se alza un telar y un ala de algodón crujiente cae hasta el piso. Julio Fink sale despacio de su cabina de cristal, como un animal frágil. Ojos celestes tiene Julio. Tiene, también, más de 70 años.
-Podría estar jubilado, pero estoy dando una mano para salir a flote. Vine un día, le pregunté a Joaquín qué podía hacer para ayudar, y Joaquín me dijo: "Trabajar". Tengo 50 años acá y creo que mi experiencia ayuda. Si no aflojamos vamos a salir a flote.
a Cooperativa Amat Monte Grande recibió su certificado de tal en febrero de 1997. Tiene una quiebra pendiente y está produciendo al 30 por ciento de su capacidad. Los 200 obreros cobran un promedio de 500 pesos cada uno -mucho menos de lo que cobraban antes-, producen ochenta mil kilos de hilados por mes, estampan unos 150 mil metros mensuales y tienen, como las grandes empresas, alianzas con clientes privilegiados. Por ejemplo, las tejedurías que después de la quiebra reciente de la textil Flandria en Luján desarrollaron las familias de los obreros en sus mismas casas.
Son cerca de 85 tejedurías que están constituidas en cooperativa -dice Joaquín-. Ellos fueron los que nos dieron la primera mano trayéndonos algodón. Nosotros lo hilamos, ellos lo tejen. El segundo paso fue decir: Nosotros sabemos mucho de sábanas, estampemos las sábanas de ustedes. No existe un futuro individual.
Cuando necesitaron comprar materia prima un cura los contactó con una cooperativa de productores algodoneros en el Chaco. Allá fue el trío sagrado: Amat, Albornoz, Pistocchi. En ómnibus. Volvieron con el algodón y más ideas. Ahora planean una línea de sábanas con diseños aborígenes para exportar a destinos que adoran el exotismo americano y son capaces de pagarlo a cualquier precio: Francia, Holanda, Alemania. Una diseñadora se encarga de recolectar los motivos de cada una de las tribus de nuestro país y a cada tribu se le pagará un royalty por el uso del dibujo.
-Pero después de tanto pelear -intriga Joaquín- hace pocos meses que nos dimos cuenta contra quiénes luchábamos realmente.
Muchos de los predios que las fábricas textiles ocupaban son ahora hipermercados. Grafa y Textil Oeste son dos Wal Mart, Deltec es Jumbo. Sólo a fines de 1997 los propietarios de Amat se enteraron de que su lucha no era contra una justicia que consideraban injusta, sino contra un hipermercado.
-Nuestra quiebra tenía un valor. Como quien vende tal auto, y hay un precio estándar. La quiebra de una textil de equis características valía tal cantidad de guita. Nuestra deuda más importante en este momento es con la DGI. Pero si la fábrica quiebra y se vende todo, los activos no cubren ni el 10 por ciento de la deuda, entonces sólo cobrarían el síndico y los abogados. El día que nos dimos cuenta de que había muchísimo poderío económico del otro lado, nos dimos cuenta de que una cosa es pelear por ideas y otra es cuando del otro lado hay un tipo con un poder económico que le permite habilitar a mucha gente. Acá, lo supimos este año, se quería instalar un Wal Mart. Ya tenían los planos hechos para instalarse. Estaba todo cocinado.
Joaquín y Hugo cruzan miradas.
-Contale vos -dice Joaquín.
Y Hugo cuenta.
Un día de fines de 1997 dos autos -un Mercedes Benz y un BMW- se presentaron en la portería y sus conductores quisieron entrar sin identificarse. No se lo permitieron y los hombres se retiraron. Al rato el portero le avisó a Joaquín que los hombres estaban entrando en la tienda. Joaquín y Hugo corrieron a buscarlos y los invitaron a sus oficinas. Los hombres mintieron que eran compradores de tela. Hugo y Joaquín les dijeron que mandaran el pedido por fax y los despidieron. Al rato, otro llamado de portería les advirtió que los hombres estaban trepando por la pared del fondo de la fábrica. Joaquín, Hugo y quince personas más corrieron hasta el lugar y exigieron que se identificaran. Los hombres se negaron. Discutieron, hubo golpes. Joaquín llamó a la policía. Los hombres, en un momento de distracción, se subieron a los autos. Joaquín se trepó a una camioneta para perseguirlos, Hugo se colgó del BMW, el conductor puso primera y el espejo le desgarró el pecho, le rompió dos o tres costillas y lo arrastró treinta metros. Lejos de darse por vencido, Hugo se trepó a la camioneta donde llegaba Joaquín y persiguieron los autos hasta el Camino de Cintura, donde se perdieron a 180 por hora. Al regreso los llamaron desde la comisaría. Dos hombres habían querido radicar una denuncia por agresiones infligidas por empleados de Amat.
Si la fábrica quebrara, la venta sólo pagaría los aranceles de la Justicia. Los obreros insisten en que con trabajo se pueden pagar las deudas
"¿Sabés quiénes son, Joaquín? -me preguntó el comisario-. Son arquitectos de Wal Mart." Ahí armamos un revuelo bárbaro, fuimos a la Cámara de Comercio, se organizó una asamblea en la fábrica a la que vinieron 1200 personas de Monte Grande, un día de lluvia impresionante. Por cada cuatro puestos de empleo que producen los hipermercados, dejan en la calle a 11. Entonces logramos que el Concejo Deliberante de Esteban Echeverría dictara una ordenanza prohibiendo que se abran hipermercados en la zona hasta que haya una regulación definitiva, y en 24 horas el intendente la firmó.
Ese día de lluvia infinita cuando 1200 personas se juntaron bajo el techo de Amat decidieron confeccionar una bandera de 35 metros de largo que reza: Por el derecho al trabajo argentino . Los bomberos de Esteban Echeverría van a colgarla en la chimenea.
-La chimenea como mástil -dice Joaquín-. Lindo, ¿no? Transformaron un baldío en una huerta orgánica para alimentar a 200 personas, son amigos y luchan codo a codo con el patrón. Creen que una fábrica en los límites venenosos del año 2000 es un buen motivo para seguir vivos. Con tres quiebras sobre las espaldas sostienen que las deudas se pueden pagar con trabajo y les queda tiempo para ocuparse de los indios, los discapacitados y los viejos.
Están locos, sí.
-Lo más lindo del pasado... -sueña Joaquín, cierra los ojos y acaricia su celular como si esperara un llamado del Paraíso- ...lo más lindo eran las grandes fiestas en la fábrica a fin de año, cuando nos juntábamos los clientes, los obreros, los gerentes. En el 2000 aspiro a hacer la fiesta otra vez todos juntos. Hacer la última fiesta del milenio y al año siguiente la primera. Y entonces sí, de vuelta a la rutina.
A despertarse con los primeros roces del sol. A entrar en la fábrica como si fuera un templo. Y a hablar de algodón como si hablaran de amor.
Texto: Leila Guerriero
Fotos: Daniel Pessah 



2 comentarios:

  1. estoy llorando. Donde quedo toda esa energía ?
    Ojala que alguien pueda tomarla. Porque segura que esta flotando alrededor de todos los que trabajaron. Gracias.

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  2. Hola Kuky: Ignoro el destino actual de Amat, pero como tú bien dices toda esa energía no murió...Saludos!!

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