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sábado, 25 de octubre de 2014

Montserrat IV


De todas las montañas que hay en la orografía de Catalunya, la montaña de Montserrat es la más importante. Es lo que se llama el corazón de Catalunya. Hace veinticinco millones de años los terrenos que rodeaban la montaña eran un mar tranquilo de poca profundidad. El relieve rocoso de las montañas no surgió hasta principios de la Era terciaria. Con el paso de los siglos, los movimientos consiguieron que el mar se fuera retirando de aquellos lugares y emergieran las fantásticas rocas de Montserrat. La sierra está formada por estructuras de roca conglomerada, muy semejante a las tuberías de un colosal órgano musical. Toda la sierra está agujereada y cuenta con cientos de cuevas y, como mínimo, con diez fuentes de agua purísima. Pero lo más importante es que posee una virgen negra, conocida por la “Moreneta”, patrona de Catalunya. Dicen que la virgen es negra porque se hizo a partir de la simbología temática esotérica, ya que el negro lleva una protección y absorbe los fluidos negativos. Esta teoría esotérica explicaría el que esta virgen sea la patrona de Catalunya, ya que ella protegería de las fuerzas negativas de todo tipo que pudieran afectar a la gente. Montserrat constituye un foco importante de fuerzas telúricas y cósmicas, además de unas corrientes de agua y radiaciones que dan lugar a una zona magnética. Estas fuerzas telúricas alteran sensiblemente el instrumental de medición, hasta el punto que resulta difícil establecer la posición exacta de la sierra.



Hay grupos esotéricos que efectúan sus rituales mágicos en puntos determinados de esta montaña, invocando las fuerzas magnéticas que surgen de la tierra para potenciar el chakra del ser humano. Lo cierto es que gente que sube al monasterio de Montserrat dice haber experimentado un estado de paz, de tranquilidad, debidos a una fuerza interior que les provocaba paz y sensaciones etéreas. Esto se podría explicar debido a esas fuerzas magnéticas que hay y que afectan también a objetos de tipo eléctrico o electrónico. Por otro lado, algunos testimonios aseguran que el interior secreto de la montaña de Montserrat guarda el secreto de un mundo subterráneo, al cual se puede llegar a través de cuevas y galerías, pero que solo lo conocen los monjes del monasterio. Se sabe de antaño que la sierra tiene muchas cuevas, pozos, al menos un río y un misterioso lago. Muchos de esos lugares se conocen, pero otros son aún un auténtico misterio, como por ejemplo es el caso del río subterráneo que pasa por debajo la sierra y del gran supuesto lago que hay en las entrañas de la montaña. Algo comprobable es que, cuando llueve y se supone que el lago se llena, surgen de golpe y precipitadamente las aguas por las paredes rocosas de la montaña y en una fuente que hay en un pueblo situado en la falda de la montaña. Se dice que el agua viene de una cueva denominada “mentirosa” puesto que, de repente, empieza a salir agua y se convierte en fuente. Por ejemplo, un fatídico junio a inicios del siglo XXI, se produjeron terribles inundaciones en algunas poblaciones alrededor de Montserrat. Empezó a surgir agua a borbotones de la parte alta de la montaña, justo encima de donde se sitúa el monasterio. Tal vez el lago se llenó y ello produjo que el agua tuviera que salir por algún lado.


En el siglo XVI llegó a Montserrat un guerrero vasco que se hacía llamar Íñigo y que, en el momento de entrar en la basílica y ver a la Virgen, experimentó una fuerte conmoción espiritual, que acabaría por generar un cambio radical en su vida. Aquel guerrero supo que tenía que quedarse un cierto tiempo viviendo cerca de la montaña y, tras algunos días de oración, dio sus pertenencias a los pobres y se instaló como anacoreta en una cueva de la zona de Manresa mirando hacia la montaña. Allí vivió unos meses, entre alucinaciones y tentaciones, en que nos habla de una fantástica serpiente de luz y de estados místicos de éxtasis junto al río, de arrebatos y de otros estados alterados de conciencia. Lo cierto es que, a partir de la energía que obtuvo en Montserrat, este Iñigo se convirtió en San Ignacio de Loyola, escribiendo sus Ejercicios Espirituales junto a la montaña de su conversión e iniciando la gigantesca tarea de fundar la Compañía de Jesús. Según el Dr. Octavi Piulats: “Montserrat fue considerado un lugar sagrado por todas las culturas que vivieron en su entorno. En su ámbito natural se han producido milagrosas curaciones y conversiones tan señaladas como la de Ignacio de Loyola. El profundo misterio de su impacto espiritual, como los extraños fenómenos que registra su historia, son objeto de investigación para los más variados campos del saber: desde la geobiología hasta la ufología. Como la vida misma, este macizo tiene un lado luminoso y un lado oscuro, menos conocidos que su leyenda cristiana de la «Moreneta», y cuyos enigmas hemos querido explorar”.



La clave de la montaña es su naturaleza mistérica y el impacto que produce espiritualmente en la gente. Es posible que la frase que mejor la define sea la del poeta alemán Schiller: «Montserrat absorbe a todo hombre desde el mundo exterior hacia el mundo interior». Este paraje se presenta así, para el genial autor romántico, como una vía al «conócete a ti mismo» socrático. Y esa atracción que él detectó con su fina sensibilidad también describe la vivencia de los ermitaños y anacoretas que han unido su búsqueda interior a esta montaña. El nombre de Montserrat proviene del catalán y su traducción exacta es «monte aserrado». Esta es la impresión que produce contemplado desde la distancia; sus cumbres y desniveles le dan un aspecto de serrucho visto al revés. Pero también, el mismo monte se halla «aserrado» por el gran corte del «collado del mediodía», que divide la montaña en dos grandes territorios. Como el Montseny o el Montsant, Montserrat forma parte del macizo pre-litoral catalán y, geológicamente, sus orígenes se remontan al eoceno, es decir, al inicio de la era terciaria.

En la rica tradición de leyendas fantásticas e historias de la montaña, destaca la leyenda de Fray Garí, el ermitaño que violó y mató a la hija del Conde Wilfredo el Velloso y luego se convirtió en un legendario «hombre fiera» de la montaña, hasta su redención. Por cierto, todavía hoy es posible ver la cueva que Garí habitó. Pero, sin duda, el aspecto del Montserrat mítico que ha alcanzado mayor universalidad es su relación con la tradición artúrica y, especialmente, su conexión con el castillo del Santo Grial. El escritor Chrétien de Troyes, famoso por haber reproducido, en el siglo XII, el ciclo de los caballeros del rey Arturo y la Tabla Redonda, escribió un último relato que no se asemeja a los anteriores. En esta narración, un caballero llamado Perceval se pierde mientras viaja de regreso a su hogar y va a parar a un extraño lugar montañoso donde se encuentra un castillo (Carbonek). Allí vive unas sorprendentes experiencias paranormales que culminan con la aparición de un cortejo que se centra en la veneración de un objeto con forma de cáliz: el Grial. 
A la mañana siguiente, Perceval se despierta solo en la montaña, con el castillo desierto, y regresa frustrado a su hogar sin haber desentrañado el misterio del Grial.


Años más tarde, otro francés, Robert de Boron, en otra balada épica volverá sobre el mismo tema, relacionando el Grial claramente; con el cáliz que recogió la sangre de Jesús en la cruz. Sin embargo, la fuente que tiene mayor interés es la obra del alemán Wolfran von Eschenbach, que, a principios del siglo XIII, retoma el tema y aporta nuevos datos sobre la extraña historia. Eschenbach apunta que la peripecia en tomo al Grial fue cantada por un trovador provenzal llamado Kyot que, a su vez, se había inspirado en un manuscrito árabe encontrado en Toledo. Según este autor, el castillo del Grial se hallaba situado allende los Pirineos, en la frontera con el mundo árabe. Además, rectifica a Chrétien de Troyes cuando afirma que el castillo no se denominaba «Carbonek» sino «Montsaltvatge». Y también sostiene que sus habitantes eran los templarios. A comienzos del siglo XIII, Wolfram von Eschenbach retoma el tema de Parsifal de Chrétien de Troyes. En su narración, leemos: «Es cosa bien conocida por mí -dice el eremita a Parsifal al revelarle el misterio del Grial- que unos valientes caballeros moran en el castillo de Montsalvatge, donde se guarda el Grial. Son templarios, que a menudo parten a caballo en busca de aventuras. Sea cual fuere el resultado de sus combates, la gloria o la humillación, lo aceptan con corazón sereno, como expiación de sus pecados. En ese castillo vive una legión de bravos guerreros. Os diré cuál es su medio de subsistencia: todo aquello de que se alimentan proviene de una piedra preciosa cuya esencia es todo pureza. Si no la conocéis os diré cómo se llama. Su nombre es Lapsit exillis. Gracias a esta piedra, el fénix renace y surge más hermoso que nunca [...]. Esta piedra da al hombre tal vigor que sus huesos y su carne recuperan al punto su juventud. La piedra recibe también el nombre de Grial [...]. En cuanto a los que son llamados a acercarse al Grial, os diré cómo se los reconoce. Sobre el borde de la piedra aparece una misteriosa inscripción donde se lee el nombre de aquellos, muchachos o doncellas, a quienes se designa para emprender ese bienaventurado viaje».


Esta aportación de Eschenbach es la que ha dado pie a situar la historia de la búsqueda del Grial en el escenario de Montserrat de los siglos VII y VIII. Los filólogos nunca han podido probar que Kyot existiese históricamente, pero el nombre sugiere con fuerza un origen catalán. Luego, la ubicación del castillo del Grial en un lugar montañoso «más allá de los Pirineos» apunta de nuevo hacia Catalunya. Pero, sobre todo, pesa el nombre del castillo, «Montsalvatge», en catalán antiguo, significando «Monte salvaje». Otro respaldo documental importante atañe a la existencia de un castillo anterior al monasterio, que puede probarse históricamente. Está documentada la existencia de uno de origen árabe, denominado «castillo del Marro», que se levantaba cerca de Santa Cecilia hacia el año 871. También se ha especulado con la existencia de un segundo castillo, cuyos cimientos se localizarían en lo que es hoy la ermita de San Dímes. Según Carreras i Candi, que cita a Argaiz, parece ser que en la biblioteca de Montserrat hay rastros de un tercer castillo, denominado Otger, situado en plena montaña, cerca de la ermita de San Miguel. El primer documento que hace referencia a esta fortificación data de 1042 y es probable que Otger fuese el nombre de algún lugarteniente de Carlomagno. Más allá de los datos geográficos e históricos, lo cierto es que el relato del Grial contiene un modelo de búsqueda iniciática y un simbolismo que puede trasponerse a la espiritualidad de Montserrat. La leyenda simboliza esencialmente un viaje que lleva, no a realizar hazañas externas de fama y gloria como ocurre en las otras aventuras de caballería, sino a buscar interiormente un crecimiento personal que nos conduzca al descubrimiento de que la superación de las contradicciones y desdichas se halla en gran parte en el conocimiento y la vivencia de nosotros mismos.


Es desde esta perspectiva que podemos asociar mejor el Grial con Montserrat, que desde tiempos remotos ha sido el lugar hacia el cual el hombre ha peregrinado con la esperanza de encontrar la respuesta a sus contradicciones y acceder a su centro espiritual. La identificación entre el gran mito del Grial y la montaña sagrada alcanzó artísticamente su cumbre de la mano del romanticismo alemán. Ricardo Wagner, que conocía a través de Goethe y Schiller su espiritualidad, recreó en su ópera Parsifal la aventura del castillo de «Montsalvatge». Cuando, a finales del siglo pasado, la obra se estrenó en Bayreuth, Alemania, los decorados de la misma reproducían sorprendentemente los monolitos y las agujas de Montserrat. A partir del siglo XII existe ya copiosa documentación sobre los milagros que han tenido lugar en la basílica. Muchos siguen un mismo patrón y se hallan testificados notarialmente. Enfermos desahuciados llegan a ella tras una penosa ascensión y, tras realizar ofrendas a la Virgen, empiezan a experimentar una transformación y, a menudo, la curación de sus enfermedades, a veces sólo minutos después. Es obvio que, independientemente de la posibilidad de intervención divina, muchas curaciones aparecen como intervenciones terapéuticas del inconsciente sobre el cuerpo físico, en un proceso que hoy consideramos científicamente plausible y, probablemente, también haya un factor añadido relacionado con las energías geobiológicas del macizo.



Otro aspecto fantástico de Montserrat es el fenómeno de la aparición de extrañas luces, que tiene continuidad a través de los siglos. Ya en el hallazgo de la Virgen, hace 1.000 años, tal como hemos explicado, los pastores vieron estas intensas luminarias. En 1345, estando la Iglesia del Carmen de Manresa repleta y en pleno día, unas insólitas «bolas de fuego» procedentes de Montserrat iluminaron la Iglesia y parte de Manresa. El fenómeno fue testificado por miles de personas y por las autoridades y no tenemos motivos para dudar de ello. Hasta nuestros días, Manresa ha celebrado siempre ese acontecimiento con las «festes de la Llum», que tienen lugar en febrero. Por supuesto, estas luces fueron interpretadas en aquella época como un signo divino. Hoy, sin embargo, es posible que la interpretación fuese otra y pudiese relacionarse con el fenómeno OVNI. También a finales del siglo X, encontramos alusiones al avistamiento de estas extrañas luces antes de una batalla contra los musulmanes.

Quien desee descubrir la espiritualidad de este lugar deberá alejarse del conjunto arquitectónico y ascender hacia las cumbres. Repentinamente, cuando el monasterio y su abadía desaparecen de nuestra vista, penetramos realmente en la Arcadia que experimentó el viajero alemán Humboldt durante su visita a Montserrat. No se trata sólo de belleza, sino que, ante las enormes moles de piedra y su magnetismo, nos sentimos realmente como ante algo que nos trasciende. Al cabo de unas horas de estancia en la naturaleza, la sensación es de paz, tranquilidad y sosiego interno. Allí experimentamos lo que se ha denominado “el magnetismos de la montaña”. Así, se ha señalado que las agujas y monolitos de formación calcárea actúan en Montserrat como poderosas antenas que emiten frecuencias de magnetismo geobiológico: fuerzas telúricas positivas que el excursionista acaba por percibir consciente o inconscientemente. Pero este magnetismo positivo no sólo procedería de redes telúricas clásicas. Al parecer, el almacenamiento de agua en las cavernas subterráneas de Montserrat, podría contribuir al fenómeno con una fuerte ionización ambiental. Los iones del agua se orientarían en el mismo sentido que los vectores de las energías telúricas y reforzarían la carga energética de las cumbres.


A veces, sin embargo, y si conectamos con el lado oscuro de la montaña, lo benéfico se transforma en lo inquietante, e incluso en lo pavoroso. No todo en la montaña es energía benéfica, aunque ésta sea la que predomine. Su naturaleza muestra también, en algunos momentos, fuerzas de las que el hombre tiene que protegerse. Para empezar, es muy fácil perderse en la montaña, por la semejanza de sus rocas y la profusión de caminos. Incluso excursionistas muy experimentados pueden ser víctimas en algún momento de desorientación. Además, algunos de los caminos conducen muy cerca de despeñaderos. A veces estas veredas están cubiertas de vegetación y cuando se descubre la sima puede ser demasiado tarde. Quien se adentre en las sendas de la montaña debe saber que, más allá del pico de San Jerónimo hacia el Tabor, penetra en el territorio menos conocido del macizo y pasará por lugares inhóspitos y de difícil recorrido. Pero donde el lado oscuro se expresa en su máxima intensidad es en las extrañas y persistentes desapariciones, que datan de antiguo. ¿Accidentes clásicos de montaña? Esta teoría presenta un serio inconveniente: aunque en algunos casos se han encontrado los cadáveres de algunas personas extraviadas, lo normal ha sido no encontrar el menor rastro de los desaparecidos.

Para algunos geobiólogos, la poderosa energía de ciertos parajes podría producir pérdidas temporales de conciencia, lo que acarrearía accidentes inesperados. Pero esta hipótesis también debe matizarse, porque la ausencia de los cuerpos accidentados sólo se explica si durante estos estados alterados de conciencia estas personas penetran en alguna cueva de la, montaña, lo que de nuevo nos lleva a la hipótesis de la existencia de un inquietante Montserrat subterráneo. Este doble aspecto -lo luminoso y lo oscuro- constituye el signo bifronte característico de los grandes, símbolos. Seña de identidad del catalanismo, su ámbito mágico-religioso, une a su condición de santuario el de una lugar cargado de poder. La montaña atesora este carácter universal que, a lo largo de los siglos, atrae como un imán a los espíritus más sensibles y les cita secretamente para abrirles la puerta de una iniciación personal e intransferible. Esta es su grandeza y su misterio. Desde la noche de los tiempos hasta nuestros días.








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